Los habitantes de Cerrillos están al borde del colapso y al límite de la paciencia. El reclamo ya es un grito desesperado: exigen a la policía y al municipio que pongan freno al descontrol total que se desata cada fin de semana en las inmediaciones del boliche, que opera sobre la calle principal. Los vecinos aseguran que la zona es un «infierno de borrachos» donde no solo hay ruidos hasta el amanecer, sino que las peleas a puño limpio a la salida son la nueva y violenta postal de cada madrugada, sin un solo control policial visible ni voluntad política de frenar la carnicería nocturna.
El caos comienza sistemáticamente a medianoche y no termina hasta que el sol está alto, cuando los últimos rezagados se arrastran hacia sus casas. El verdadero problema no es solo la música a todo volumen que hace temblar las paredes de las casas; lo grave es lo que ocurre en la vía pública. Los jóvenes alcoholizados convierten las veredas y portales en urinarios públicos, se vomitan en los jardines de los frentistas y, lo más dramático, protagonizan violentas grescas callejeras que terminan a los gritos, con botellazos y, en el peor de los casos, con heridos que quedan tirados en el asfalto.
Los frentistas que rodean el local denuncian que las llamadas a la Comisaría de Cerrillos son una total pérdida de tiempo. «Llamamos y no viene nadie, o llegan media hora después cuando ya se mataron y el boliche cerró. Los dueños hacen la vista gorda porque la plata les entra igual», dispara un vecino anónimo que teme represalias. La sensación generalizada es que hay una «zona liberada» donde las leyes de tránsito, de decibeles y de seguridad se anulan automáticamente después de las 3 de la mañana.
La gente de bien de Cerrillos ya no puede dormir, su descanso es un sacrificio constante. Padres de familia cuentan que deben encerrar a sus hijos en habitaciones internas para que no escuchen los insultos, los gritos y los golpes que se escuchan a pocos metros de sus ventanas. La vida de barrio se esfumó. «No podemos dejar el auto en la calle por miedo a que lo rompan, no podemos salir a tomar aire porque hay restos de botellas rotas y vómito. Esto es una falta de respeto, una vergüenza y un peligro constante para todos», sentencian los vecinos, quienes se organizaron para presentar una denuncia formal con pruebas fílmicas del desastre.
El reclamo es un ultimátum con sabor a desesperación para las autoridades locales. Piden al Intendente y a la Policía que establezcan, de una vez por todas, un operativo de seguridad fijo y real desde la hora del cierre, con retenes de control de alcoholemia efectivos y presencia constante de uniformados que actúen de oficio. De no obtener una respuesta inmediata que frene el descontrol, advierten que escalarán la protesta con cortes de ruta y escraches públicos a los responsables, prometiendo que el escándalo se convertirá en un problema político que nadie podrá seguir ignorando.



